lunes, 1 de diciembre de 2014

A veces, veo relatos míos publicados...

Sí, de vez en cuando pasa y siempre tengo la misma sensación fantasmal al encontrarlos en letra impresa. Al menos ahora no me asusta. Serán los años. Y que el vicio de escribir está tan arraigado que no he podido dejarlo. Lo intenté pero no pude. Ya dejé de fumar y abandonar dos vicios quizá fuera demasiado. Este queda. Y, de tanto en tanto, lo comparto. Como en este momento.

Si os pica la curiosidad, encontraréis dos de mis cuentos más recientes en:

La cuarta entrega de la revista Argonautas, dedicada al tema “Contrastes”, junto a un buen puñado de relatos, poemas, ilustraciones y otros temas de interés.

El cuento se titula “Ellos, nosotros” y luce una ilustración de lo más expresiva firmada por Murga.


Podéis leerla en la web o en la aplicación Isuu


El libro “Primavera de relatos”, selección de relatos presentados al último concurso de primavera que, cada año, realiza el foro Ábrete Libro.

En él está incluido “Un abrigo lleno de piedras”, un pequeño homenaje a mi admirada Virginia Woolf.


Está a la venta en Amazon, en edición digital y en papel. 


De momento, esto es todo.

A los que estáis por ahí al fondo, tímidos y callados y amparados en las sombras, os tengo localizados: gracias por vuestros ánimos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

A veces hay que dejarlo pasar

A veces hay que dejarlo pasar. Por salud mental, más que nada. Y me refiero a… a casi todo en la vida, en realidad. A veces, al mirar el mundo alrededor, se me llena el estómago de indignación y las palabras (malsonantes muchas de ellas, lo confieso) se atropellan al rodar por la lengua. Ese ánimo exaltado termina por agotar, a fuerza de repetirse demasiado a menudo, y he llegado a la conclusión de que no merece la pena estar siempre con las uñas afiladas y dispuesta a saltar a la yugular. No se trata de mirar para otro lado, no, pero sí de darte un tiempo de reflexión mientras pasa y lo miras de reojo. Como una leona al acecho, intentar elegir la mejor presa cuando tengas que cazar. Practicar la paciencia (no la resignación, eso no) y darte un tiempo de reposo para fortalecerte. Saber esperar, a veces, tiene sus recompensas.



jueves, 13 de noviembre de 2014

Ruido.

A veces parece que nuestro mundo está hecho de ruido, material pesado de la maquinaria cotidiana del que resulta difícil desprenderse, y se diría que algunos no saben vivir sin él. Es tal el hábito del ruido que el silencio, cuando se asienta, nos sorprende.

martes, 11 de noviembre de 2014

Palabreos: Soberbia

Sustantivo cuya definición según la RAE es:

(Del lat. superbĭa).
  1. f. Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
  2. f. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.
  3. f. Especialmente hablando de los edificios, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa.
  4. f. Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.
  5. f. ant. Palabra o acción injuriosa.
Sinónimos: altivez, altanería, arrogancia, vanidad.


Según la tradición religiosa cristiana, uno de los siete pecados capitales, probablemente el más grave y del que emanan los demás. Fue el culpable del levantamiento del ángel Lucifer y su posterior caída para convertirse en demonio.

En la actualidad, característica por la que se reconoce a los miembros de la élite gobernante del país, la cual engloba a los jerarcas políticos y económicos, especies en convivencia y connivencia simbiótica.


Ajá.


Lucifer según Gustave Dore. 
Ilustración para "El paraíso perdido" de John Milton.

viernes, 24 de octubre de 2014

El soplo de las musas

Cuando uno va por Madrid mencionando a las Musas, lo más probable es que se esté refiriendo a una zona del barrio de San Blas o a la parada de metro que hay allí. Si no es ese el caso, cabe la posibilidad de estar hablando de mitología, arte o alguna faceta creativa e, incluso, de estar frente a un artista que diserta sobre la inspiración y sus vicisitudes. Por lo que a mí respecta, dados mis intereses y mis debilidades, podéis apostar casi con toda seguridad a que ando perdida por las brumas de los mitos y los sueños.

De pequeña aprendí que, en la antigua mitología helénica, las Musas eran las nueve hijas de Zeus y Mnemosine, que vivían en el monte Parnaso y que auspiciaban las artes y las ciencias. Incluso memoricé sus nombres (entonces era capaz de ejercer algún control sobre mi memoria, ahora sucede exactamente lo contrario): Clío, Calíope, Talía, Terpsícore, Erato, Euterpe, Urania, Polimnia y Melpómene. Recordar a qué campo asociar a cada una ya era un poco más arduo. La Historia con Clío, la comedia con Talía, la danza con Terpsícore… Poco a poco, van saliendo aunque suelo atascarme en las mismas. Por ejemplo, Polimnia me suena a polinizar hasta que me detengo a analizar el nombre y los muchos himnos que contiene me llevan a lo poético y lo sacro. Y sigo desgranando la lista.

Supe, más tarde, que estas musas canónicas no eran las primeras ni serían las últimas. Algo normal teniendo en cuenta la prolífica capacidad de los antiguos dioses para engendrar hijos a lo largo y ancho de todo el universo. En diferente número, con distintos nombres y diversos progenitores, se dispersaban por las tierras ancestrales para ser aclamadas por sus fieles. Desde las ninfas del Helicón hasta las camenas latinas. Los poetas clásicos las invocaban en sus cantos y dialogaban con ellas. A Safo, ya inmortalizada, Homero le concedió el título de Décima Musa. Las musas y su influencia se fueron multiplicando. 

El Parnaso
Fresco en Villa Albani, Roma. Anton Raphael Mengs, 1761. 

Según creencia popular y ampliamente aceptada, la asistencia de estas musas impulsa el hálito creador e inspira a los afortunados que reciben su visita a desarrollar su obra artística. Basta una pizca de talento innato, que uno tiene almacenado en el alma como una víbora enroscada pero presta a saltar sobre su presa, y el beso de la musa apropiada. Tú estás tan tranquilo, sentado frente a tu escritorio, en actitud ensoñadora mientras empuñas la pluma o apoyas las yemas de los dedos en el teclado del ordenador, cuando sientes un soplo en el oído que te dicta las palabras a escribir para conseguir la novela del siglo o el más profundo poema. Sin más. Sólo con su mudo susurro o un revoloteo etéreo. La escritura fluye en forma de torrente imparable, un Iguazú de frases perfectamente engarzadas desde el primer momento, impactantes y bellas hasta la infinitud. Así funcionan las musas. Ellas proveen. Y tú, margarita de un campo yermo, te conviertes de repente en frondoso rosal. Muy bonito, de verdad.

Si eres depositario de tal fortuna, permíteme felicitarte con entusiasmo y, de verdad te lo digo, ni un ápice de envidia. De verdad, insisto. No me llevo muy bien con las chispas divinas porque son proclives a provocar incendios. De tratar con los dioses a ingresar en un sanatorio mental hay un paso respetablemente corto. A mí me va más lo de apuntar pequeñas ideas que van surgiendo de lo que veo, de lo que siento o de supuestos que imagino y, de alguna manera, se aúnan para evolucionar hacia algo nuevo. Meter la mano en el ovillo de los recuerdos para tirar de un hilo y explorar las posibilidades de las historias que me cuento. Jugar con las palabras aunque, a veces, me pelee con ellas. Divertirme. Sí que hay una especie de chispa que se enciende en algún momento, por lo general después de que la mente lleve varios días frotando dos o más palitos. Y una musa que viene a verme sólo si la llamo y me da la espalda cuando no le presto la debida atención. La llamo Constancia. 


«¡Oh! ¡Quién tuviera una musa de fuego para escalar el cielo más resplandeciente de la invención!» 
William Shakespeare: “La vida del rey Enrique V”, acto I. 
(Obras completas. Ed. Aguilar, 1969. Trad.: Luis Astrana Marín)



Y a modo de banda sonora: 



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lunes, 13 de octubre de 2014

Otoño y decadencia

El otoño es una estación que tiende a la melancolía, quizá porque hace pensar en el paso del tiempo. Como la luz, el entusiasmo parece atenuarse. Ese correr los días hacia la oscuridad cada vez con más prisa. Las hojas desprendidas de los árboles y del calendario. Se acerca el invierno, el fin de año, otro más, nuevos propósitos, ¿qué objetivos se cumplieron? Hoy viento y mañana lluvia. El cambio, siempre una inquietud. Por lo visto, las ideas suicidas (y los suicidios consumados) se incrementan en primavera y otoño: épocas de transición que parecen favorecer el desequilibrio. Decadencia y caída.1

La decadencia del año no es nada, aun así, comparada con la que parece afectar a nuestra realidad mundana. Esa lleva más carrerilla, si cabe. Incluso se ha equipado con las alas del absurdo para echar a volar por encima de las cabezas, del bien y del mal, intentando dejar atrás cualquier huella de raciocinio que pueda estorbar su avance. Trucando el altímetro, si hace falta, para engañar al ojo y desaparecer entre las nubes a la primera de cambio. Así están las cosas. Una merienda de negros.2

Necesito respirar hondamente para no boquear como un pez fuera del agua cada mañana, al ojear los titulares del día. A ver qué perla encontramos. Qué aprendiz de alquimista ha convertido su cargo en oro. Qué intrigante de postín presume de su último escándalo. Qué epidemia de sinsentidos va a dar de qué hablar hoy. Y, por si no se formara por sí solo el suficiente alboroto, siempre habrá un correveidile que se ocupe de aumentar el ruido. Ya sabéis. ¡Noticia bomba!3

Si la primavera fue inestable, este otoño no queda atrás. Línea continua del desbarajuste político que anima la vida pública: despropósitos, canalladas e ineptitudes varias se acumulan en el haber de una clase que se aleja más, cada día que pasa, del pueblo al que se supone que representa. A esto se le une la sinvergonzonería de otra clase tan distante o más de la gente llana: el poder económico que, desde la penumbra, extiende su larga y siniestra mano cual Sauron desatado. Nos avasallan con sus hordas. ¿Qué pretenden? Rendición incondicional.4

No. No nos rindamos. Defendamos lo que más importa. Los seres queridos.5 No hay más banderas6 que las de la libertad, por lo menos la de pensamiento. Más allá de estos cuerpos viles7, que algún día no serán más que un puñado de polvo8. Debemos legar a nuestros sucesores algo que merezca la pena, algo mejor que una utopía, no un amor entre las ruinas9.



1 Recordatorio: releer a Evelyn Waugh.
2 Recordatorio: insisto en releer a Evelyn Waugh.
3 Recordatorio: sin excusas para releer a Evelyn Waugh.
4 Recordatorio: leer lo que tengo pendiente de Evelyn Waugh.

5, 6, 7, 8, 9 Observación: Sólo intentaba desahogar la hartura que me llena estos días. No sé si como terapia habrá servido pero algo me queda claro: mi mente pide volver a Evelyn Waugh.


Ahora no sé si preguntar qué tal lleváis este otoño o si habéis leído a Evelyn Waugh…

 

lunes, 6 de octubre de 2014

Sobre corazones hambrientos


Todos tenemos el corazón hambriento, de uno u otro modo. Todos necesitamos nuestra ración de amor. Amor de pareja, amor de padres, amor fraterno o amor de amigos. Incluso amor propio. De éste, a veces, dosis doble. A veces ni siquiera se sabe de qué tiene hambre este pobre corazón nuestro y se sufre, nos duele el deseo insatisfecho de algo que se nos escapa.

Hay corazones famélicos que no han aprendido a reconocer su hambre. Quieren éxito o dinero, algún tipo de reconocimiento: es amarse a sí mismos lo que les hace falta. Algunos glotones anímicos nunca se sacian y viven en eterna frustración. Darían lástima si no fuera por su egoísmo, por su afán de acaparar, que más bien provoca desdén. Y están los desdichados, sí, los que carecen de la porción que debió tocarles por alguna jugada del destino. Unos la tuvieron y la perdieron, y ahora la echan de menos; a otros nunca les llegó.

Existen miles de historias sobre todos ellos, muchas ya se han contado y otras tantas están por contar. Seguro que cada uno tenemos la nuestra.

Hoy dejo que el Boss cante la suya. Precisamente hoy, porque es algo especial.





Gracias, ‘Leo’, por estos diecisiete años que llevas alimentando el mío.



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viernes, 3 de octubre de 2014

"L'esprit de l'escalier" o la contestación que no llegó a tiempo.


«Quisiera que me hubiera salido un comentario agudo y sarcástico, 
pero se me ocurrirá esta noche, como si lo viera.» 

La señorita Pole en “Cranford”, de Elizabeth Gaskell.


Seguro que os ha pasado más de una vez: al rato de haber mantenido una conversación, se os ocurre la respuesta adecuada a algún comentario que quedó sin contestar por falta de reflejos en aquel instante. No es como morderte la lengua para no soltar tres frescas a alguien que se lo está buscando, porque no merece la pena perder la dignidad a costa de intercambiar impertinencias. Es un bloqueo momentáneo y de lo más fastidioso. 

Cuando eres lo bastante joven como para resultar fácil de abochornar, puedes llegar a creer que es señal de escaso ingenio e, incluso, acomplejarte un poco por ello. Luego te das cuenta de que es habitual, que a todo el mundo le pasa, bastante más de lo que piensas. Tanto, de hecho, que los franceses han llegado a darle un nombre a ese momento en que das con la contestación que ya no necesitas: “l’esprit de l’escalier”.

Sonaría muy interesante decir que aprendí esa expresión leyendo a Diderot (y si fuera en su idioma original, mucho mejor), pero voy a confesar sin vergüenza alguna que llegué a ella a través de Charles Schulz y su genial Charlie Brown, de quienes soy confesa admiradora. Bueno, en realidad fue la resabiada Marcia, quien la utilizó en una de las tiras cómicas y me hizo bucear en busca de su significado. Y me encantó. Ahora, cada vez que me quedo en blanco ante alguna frase que me hace desear replicar y no consigo hacerlo, visualizo una larga escalera que se pierde en la oscuridad e intento imaginar en qué escalón perdido encontraré esa réplica agazapada, mirándome con burla por mi torpeza.





¿Os ha pasado a vosotros alguna vez?

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cocinando para relajarme: un curry de verduras de lo más sabroso

Cocinar, a veces, me relaja. Al menos cuando tengo tiempo para hacerlo a placer, es decir, los fines de semana sobre todo. La cocina “de diario”, la que se hace a toda prisa porque el tiempo aprieta pero luego tiene que reposar en una fiambrera casi un día, para comerla en el trabajo con la lengua afuera, no. Ésta me tiene derrotada, me he rendido a mi incapacidad para los malabares domésticos de lunes a viernes. Sin embargo, al llegar el sábado, me entra el ánimo caprichoso y empiezo a discurrir algún plato diferente. Admito que ,de todas las ideas que pasan por mi cabeza, la mayoría se disuelven en el aire y no llegan a ponerse en práctica aunque, de tanto en tanto, la ocurrencia toma cuerpo e incluso sale algo bueno de ahí.

El otro día, por ejemplo, cuando buscaba un brécol para prepararlo al vapor, me topé con un paquete de calabaza cortada y envasada al vacío que me hizo sentir un chispazo instantáneo. De repente me apetecía guisar aquella misma calabaza con curry. Imaginé el contraste de sabores, ese toque dulce con la intensidad de las especias. Y la eché al cesto casi con rapacidad. Me llevé también unos calabacines y una berenjena mientras, mentalmente, iba dibujando el guión de la receta. Al final, mereció la pena el cambio de idea.



Probad, es muy fácil y queda riquísimo. Yo lo hice así:

VERDURAS EN SALSA DE CURRY Y COCO

Ingredientes:

- Calabaza, calabacín y berenjena cortados en trozos grandes.

- Un bote de crema de coco (lo compro en la zona de comida latinoamericana)

- Una cucharada rasa de aceite (yo usé una que tengo aromatizada con guindilla y ajo, que le da un regustillo picante, no demasiado)

- Una cucharada generosa de curry, una cucharadita de jengibre molido o rallado, cilantro y cebollino picados.

- Un tazón de arroz basmati cocido y escurrido

- Pasas y frutos secos picados, al gusto

- Unas gotas de aceite de sésamo (si no se encuentra, usar de girasol)

Preparación:

En una cazuela, rehogué las verduras troceadas en una cucharada de aceite durante unos minutos, a fuego vivo, y luego lo bajé a temperatura moderada. Después añadí la crema de coco, las especias y las hierbas para dejarlo cocer suavemente, removiendo para que se mezclara bien.

Mientras se hacían las verduras, preparé la guarnición salteando en una sartén, con unas gotas de aceite de sésamo, el arroz ya cocido y los frutos secos elegidos (en plan cómodo, los que utilicé venían ya troceados y mezclados en un bote).

En 20-30 minutos, las verduras ya estaban listas para el éxito: sólo quedaba servirlas en el plato con la guarnición (yo la puse aparte, pero al final nos fuimos animando y lo mezclamos todo). ¡Estaba delicioso!

Si os animáis, no dejéis de contármelo…

viernes, 19 de septiembre de 2014

Movimientos de tierra bajo los pies

Llevo días con esta canción en la cabeza, desde que la escuché en una tienda mientras enredaba entre los utensilios de cocina, ese tipo de utensilios que me encanta tener aunque vaya a usar tres veces al año (o menos, dice mi costalero). Con las manos puestas en un atomizador de limones, reconocí los primeros acordes del piano y, antes de ser consciente de ello, comenzaba a cantar a dúo con Carole King: «I feel the Earth move under my feet, I feel the sky tumblin’ down, tumblin’ down…» Y, desde entonces, la frase se repite en mi cabeza cada mañana, según me levanto sólo medio despierta para entrar al baño a soñar con los ojos abiertos bajo la ducha. Quizá incluso la canturree en sueños, no sé; de momento no he recibido quejas al respecto.

Carole King me trae buenos recuerdos, de esos que te ponen la sonrisa en una comisura de la boca para ir dibujándola punto a punto hasta llegar a la comisura opuesta. Sentada en el suelo con las piernas cruzadas, una niña de sueños bohemios que imaginaba historias para ir creándose a sí misma. Había querido ser como Pippi Calzaslargas, aventurera y libre, y una de sus tías más jóvenes le trenzaba el pelo mientras cantaba las mismas canciones que ponía en su tocadiscos, canciones que la niña aprendía a su vez y pasaron a pertenecerla. Siempre tuvo las manos llenas de palabras y música. Siempre las tendrá.

Me gustaba Carole King no sólo por su música sino por lo que significó para mí, entonces, aprender que una mujer podía abrirse camino en un mundo en el que predominaban los hombres. Pippi fue el sueño infantil, Carole la realidad adulta. Compositora, junto con su marido Gerry Goffin, de temas de rock y pop de éxito, tras su separación continuó en solitario y siguió triunfando. Las mujeres podían hacerlo igual que los hombres. Para una niña que estaba recibiendo una educación de lo más tradicional era un descubrimiento que hacía mover la tierra bajo sus pies, sí, pero sólo para recolocarla de la mejor manera para seguir caminando hacia delante, hacia sus sueños.


Dedicada a Carmen, que me convirtió en Pippi durante tardes mágicas:




Si no puedes ver el vídeo, pulsa este enlace para acceder a él.

martes, 16 de septiembre de 2014

El tiempo juega al escondite

El tiempo se queda a nuestra espalda y, si vuelves la cabeza, apenas ves la punta de su nariz escurridiza mientras se esconde. Un, dos, tres, el escondite inglés. Te vuelves a girar y lo tienes más cerca. Ahora lo ves, luego no lo ves, de pronto lo notas respirando en tu cuello. ¿Lo tenías tan desnudo? Puede ser, no lo recuerdas. Su aliento te roza con frialdad. Igual que sus dedos, afilados, al posarse en tu hombro. Te ha atrapado en su abrazo inevitable. Ríndete. 

lunes, 11 de agosto de 2014

Información y verdad


«Una mentira es capaz de dar la vuelta al mundo antes de que 
la verdad tenga tiempo de ponerse las botas.» 

Terry Pratchett.


Ahora más que nunca, nuestra visión del mundo es producto de la interpretación de la realidad por parte de los medios de comunicación, aunque con ello no me refiero sólo a los medios periodísticos sino a este medio global de masas, tan directo y manipulador como el que más, que es internet. Lo instantáneo forma parte de nuestra actual forma de vida y, gracias a redes sociales como Facebook o Twitter, nos enteramos de lo que ocurre en cualquier punto del mundo prácticamente al momento.

Noticias y testimonios ruedan por las vías virtuales como bólidos de la información y, desde el momento en que una voz se viste con la autoridad para informar, se dan por sentadas la sinceridad y la credibilidad. Términos que, además de dispares, pueden resultar antitéticos y cada vez somos más conscientes de ello. Pero no debemos olvidar que interpretar, tergiversar y manipular no son actos privativos de los canales establecidos; todos caemos en ello. No hace falta mentir, basta con callar. Cada día lo vemos y cada día lo hacemos.

El genio de la fantasía satírica Terry Pratchett escribió un estudio sobre el tema con el sintético título de “La verdad” y la forma, habitual en él, de novela fantástica descacharrante. Protagonista: la prensa. Como medio y como objeto, además. Una inmensa maquinaria que parece tener el poder de la convicción porque, desde el momento en que los pequeños sucesos de la vida cotidiana se plasman por escrito, la gente empieza a creer en la letra como si fuera el profeta de una nueva religión. 

«William se arriesgó a echar un vistazo a su lápiz. Sí que era una especie de varita mágica.» 

Ver algo escrito en un periódico o en un libro le da mayor apariencia de verosimilitud que escucharlo tan sólo, aunque provenga de fuentes fidedignas (y quien dice periódico dice las noticias en general, incluso las de la radio o la televisión, que parten de una documentación y un guión ya preparados). Nos hemos acostumbrado a pensar que el boca oreja tiene más de chismología que la letra impresa, por más que ésta se especialice en cotilleo. Así, cualquier historia que aparezca por escrito nos resulta más real que un “me lo dijo Pérez”.

«—Oh, sí —dijo el señor Mackleduff […]—. No iban a dejar que cualquiera escribiese lo que le diera la gana. Es de sentido común.» 

En “La verdad” aparecen dos periódicos: el que plasma lo que cree que la gente debe saber y el que se centra en lo que cree que la gente quiere saber. El primero cuenta historias de la calle, investiga, contrasta, especula también e, inevitablemente, interpreta. El segundo, la mayoría de las veces, inventa. Si bien Pratchett satiriza, no exagera tanto ni son descabellados los mecanismos del éxito que maneja.

«Esto es un periódico, ¿no? Sólo tiene que ser cierto hasta mañana.» 

A menudo decidimos no saber; preferimos escondernos de la barbarie de ahí fuera, refugiarnos bajo una gruesa manta confeccionada a mano. Elegimos la historia de la mujer que dio a luz una serpiente antes que los entresijos del gobierno –o desgobierno– porque éste nos cabrea. Y nos decantamos por lo que más se amolda a nuestras convicciones previas, evitando el incómodo ejercicio de discernir entre la acumulación de ideas nuevas por si alguna nos hace cambiar el rumbo fijo del pensamiento.

«A la gente le gusta que les digan lo que ya saben. Recuerde eso. Se ponen incómodos cuando uno les cuenta cosas nuevas. Las cosas nuevas... bueno, las cosas nuevas no son lo que se esperan.»

«—¿Estás diciendo que a la gente no le interesa la verdad? —Escucha, lo que es verdad para un montón de gente es que necesitan el dinero del alquiler a finales de semana. […]» 

Dos llaves tiene el poder: la información y el dinero. No sólo su posesión sino la capacidad para administrarlos y utilizar a las personas a través de ellos. La pluma es un arma, sí, pero en demasiadas ocasiones al servicio de quien le paga. Al final, de una o de cien maneras, todo se reduce a eso.

lunes, 4 de agosto de 2014

Un poquito de publicidad gratuita: revista cultural Argonautas

Una breve entrada para recomendar esta propuesta editorial online, dedicada a la literatura, la ilustración y el cine, que publica obras de artistas amateurs.

Con entregas bimestrales, en este mes de agosto acaba de salir el nº 2 y contiene varios relatos, poemas e ilustraciones bajo el tema común de los viajes, además de artículos interesantes.

La encontraréis aquí:



O podéis leerla en Isuu:



Para terminar, confesaré la autoría de uno de los relatos que aparecen. Sí, yo lo he perpetrado. Salió de los cajones de mi escritorio para caer en estas buenas manos y acabar en el ruedo virtual. Podéis despellejarme.


miércoles, 30 de julio de 2014

Tú has hecho arroz

Tras esta frase pronunciada en tono incisivo por una vecina con pinta de chismosa, en un trayecto de ascensor, la interpelada se ruboriza como una niña pillada en travesura. La señora ha descubierto el secreto de su expresión radiante. Perfecto. Ahora sé qué tengo que hacer para andar por la vida con el aspecto de quien ha tenido una sesión de sexo catárquico después de ocho horas seguidas de sueño: cocinar arroz.

Alguien me dijo, hace ya bastante tiempo, que si no entendía o no me gustaba un anuncio publicitario era porque no estaba destinado a mí. Será que hay muy pocos anuncios destinados a mí o que soy completamente idiota, pero es ponerme delante de la tele y, en cuanto veo pasar dos o tres, me sobreviene la carcajada sardónica. O el resoplido de hartazgo, si me pilla con el humor decaído. La mayoría se me escapan y no por una cuestión de credibilidad, ya que, por regla general, las promesas de los productos anunciados las “pongo en cuarentena”, como diría mi madre. Es la profundidad argumental la que no alcanzo. Signo de necedad por mi parte, sin duda. 

¿Quién me puede explicar, por ejemplo, la relación entre un monje budista en meditación y un repelente de mosquitos? Parece que, pese a ser pasto jugoso para los rebaños de mosquitos en cuanto llega la temporada, no estoy hecha para repelerlos. Ni a los mosquitos, ni a los abejonejos, ya puesta. Cruel destino. Como el que me conduce al estreñimiento por negarme a ser arrastrada por un destacamento policial que parece salido de las páginas de “Fahrenheit 451”. O a perderme el pecaminoso placer de sentirme como la chica del sombrío Grey al meter los platos sucios en el lavavajillas.

No es que pretenda arremeter contra la publicidad o los publicistas, los dioses me libren. De hecho su creatividad merece toda mi admiración, más aún si brilla en compañía de la inteligencia. Es la capacidad (o su falta) de conectar lo que me llama la atención en algunos casos. La comicidad que se da por supuesta y me deja fría, haciéndome dudar de mi sentido del humor, o el sentirme perpleja cuando encuentro, todavía, anuncios en los que se respira un toque de ranciedad. Será la moda de lo “retro”, es decir, el retroceso que estamos sufriendo en demasiados aspectos.

A un lado dejo la atmósfera de cotidianeidad artificiosa, el sentimiento de manipulación o el impulso al consumismo como sustituto de la felicidad según qué productos o empresas. Son los expertos quienes realizan el análisis detallado y ya hay suficientes estudios, documentados y especializados, sobre ideas, intencionalidad y contextos. Sólo soy una mirada al otro lado de la pantalla, una cliente potencial que, la verdad, pocas veces se ve convencida.


lunes, 28 de julio de 2014

Julio, lunes por la mañana...

A estas alturas del verano –y es que ya ha pasado un tercio, como quien no quiere la cosa–, la gente anda ya de vacaciones, descansando del bullicio laboral a base de bullicio ocioso, por lo que se aprovecha la menor afluencia en el transporte público para reducir los horarios o acometer obras de mantenimiento o renovación, por ejemplo. Esa es la teoría. Cuando salgo por la mañana para ir a trabajar, me pregunto cuántos se han ido realmente de vacaciones porque el autobús se llena y para lo que hay en los vagones de algunas líneas de metro el nombre de multitud se queda corto. El nivel de apiñamiento no es muy diferente al de la hora punta en mitad del invierno. Supongo que las mentes pensantes han hecho alarde de un excelente dominio de las matemáticas para conseguir proporcionalidad entre el descenso de viajeros y de servicios de forma que el aforo parezca no haber cambiado.

Cierto es que la línea de metro en que encuentro tanta saturación es más o menos célebre por esta circunstancia, pero eso no me consuela cuando me encuentro empotrada entre la barra vertical a la que intento aferrarme –con la mano que no sostiene el libro– y un hombre que se sujeta a la misma a unos veinte centímetros por encima de mi cabeza –mi metro y medio se lo permite con facilidad–. Hombre, por cierto, tan apegado a mi espalda que no cambia de posición a pesar de los movimientos a nuestro alrededor. Si hubiera espacio suficiente, me atrevería a arrearle un codazo en alguna parte, blanda o no. Este calor ambiental consigue que agradezca salir a la calle, a pesar del bochorno que encuentro, o que me parezca un regalo la baja temperatura que el aire acondicionado deja en la oficina. Los estornudos son circunstanciales.

Cómo echo de menos mi línea habitual, cortada por obras como casi todos los veranos. También echo de menos lo que mi abuela llamaba buenos modales. Ya sé que puede sonar a rancio o pasado de moda, pero es una lástima que algo tan lógico como dejar salir antes de entrar o no empujar a quien va delante parezca una costumbre en desuso y no una norma básica de convivencia. Parece que las prisas y el amontonamiento hacen aflorar lo peor de nosotros. Y el no poder dedicar el trayecto a mi lectura, por la obligada inmovilidad entre cuerpos a punto de ebullición, hace que mi mente se pierda en divagaciones como ésta...


martes, 22 de julio de 2014

El cielo sobre nuestras cabezas

A veces me siento como Asterix en su aldea irreductible. Aferrado con uñas y dientes a lo que es suyo, espectador asombrado de los dislates cometidos en nombre de la civilización y con el temor de que el cielo se desplome sobre su cabeza.

sábado, 19 de julio de 2014

Matices y palabras

A menudo se pregunta a quienes escriben por qué o para qué lo hacen y podría parecer lo mismo, pero no lo es: la primera pregunta se refiere a la motivación mientras que la segunda a la finalidad. La distinción no siempre es evidente, muchas veces se confunden los términos por ambas partes y, cuando se plantea el porqué, la respuesta es una declaración de intenciones que deja contento (o perplejo) al inquisidor y aquí no ha pasado nada. Matices, son sólo matices, me contestas. Quizá, pero una pregunta imprecisa nos dará una respuesta incompleta y eso conduce a una información insuficiente. El valor de una palabra, aun el de una simple preposición, cambia el sentido de una frase igual que una leve variación de tonalidad en la paleta cambia la luz de un cuadro.

Por qué escribes, cuáles son tus razones, qué te mueve a llenar las páginas de palabras que, a veces, no sabías que estuvieran dentro de ti. ¿Cómo nació el impulso? Si tienes que hacer memoria y aun así no lo recuerdas, es que son muy largas sus raíces. Has olvidado cómo empezó, pero no puedes haber olvidado las causas. La timidez, dices, y lo entiendo. Esa barrera invisible que retiene tus palabras en el pequeño espacio entre los labios, de pronto indecisos. La necesidad de expresar unos pensamientos que no te atreves a contar de otra manera. La lectura, también. Cómo no. No cabe la escritura sin la lectura excepto como mero ejercicio de solipsismo. Amas las historias, tanto que las has hecho formar parte de tu vida y, cuando no las lees, te las cuentas a ti misma. De ahí a volcarlas al papel hay un aliento. Por eso diste el salto de forma natural, casi sin darte cuenta. Y luego no pudiste parar.

Para qué escribes, cuáles son tus objetivos, qué esperas conseguir robándole tiempo al día para estar a solas con las palabras. ¿Dónde pretendes llegar? No siempre estás segura, no siempre piensas igual. Al principio sólo escribes por escribir, sin otra intención que volcar tus pensamientos para verlos más claros, para exorcizar tu mente, para calmar la inquietud. A veces, te atreves a compartir; escribir es comunicar. No es como desnudarte mirándolo a los ojos. Poco a poco, frase a frase, te vas dejando mostrar. Cada día un poco más. A medida que te vas sintiendo cómoda, te atreves a soñar. Y en escribir y soñar, todo es empezar.

Entonces, dime, ¿escribes…?


miércoles, 16 de julio de 2014

La habilidad de la sonrisa

Existen diferentes clases de sonrisa, desde la más inocente de los que guardan la expectación de un niño a la teñida por el cinismo de quienes se sienten de vuelta de todo, pero la más especial es la sonrisa franca, la que se despierta por el puro instinto de la alegría necesaria para sobrevivir, aun sabiendo que no está el tiempo para andar arriesgando sonrisas. Y es que ocurre con las sonrisas lo contrario que con el dinero: las que se ahorran, se pierden. No hay bancos de sonrisas donde guardarlas para los momentos en que más falta hacen, ojalá los hubiera, pero hay algo mejor: personas.

Da gusto encontrar gente con talento para la sonrisa. Me refiero tanto a los que son capaces de provocarla como a quienes la lucen día a día, abiertamente mostrada en los labios o asomada con picardía en la mirada. Hay medias sonrisas, que no son lo mismo que sonrisas a medias; son tímidas, esperanzadas y, a la vez, una promesa. Algunas invitan a querer hacerlas enteras. Otras son traviesas y juegan en las comisuras de los labios, no siempre en ambas al mismo tiempo, y en el brillo de los ojos. Te desconciertan, te incitan, te enamoran. Buscan en ti su reflejo y terminan por sacarlo: contestas con otra sonrisa.

Esa capacidad para sonreír y para conseguir la sonrisa me admira, entre otras cosas, porque en ocasiones parece que enfrentarse sonriente al mundo es un signo de simpleza o de banalidad. Se ve la alegría como un signo de irreflexión en lugar de un mecanismo de defensa o, incluso, un arma contra la desidia y la tristeza que amenazan nuestra vida. Abre una ventana en la oscuridad de la rutina, a despecho de aquellos que prefieren vivir en la penumbra. Se alía con el dolor, cuando éste es inevitable, para limarle los dientes y que sus mordiscos no lleguen al hueso. Refresca, calienta, sosiega, revive.

Sólo una sonrisa basta, a veces, para cambiar una vida. Eso es verdadera alquimia. Un toque de magia en un terreno baldío. De la que no se puede perder. Porque las sonrisas se atesoran pero no se escatiman.



Gracias a todos los que sonreís y me hacéis sonreír.


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lunes, 14 de julio de 2014

Es lunes... pero buenos días.

Madrugón de lunes, hace calor, aún queda para las vacaciones. Habrá que buscar un poquito de energía para saludar a la mañana. En cuanto haya tomado un café, o dos, doy los buenos días igual que estos...



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domingo, 13 de julio de 2014

El pensamiento tonto de una tarde tonta

Noche para salir en plan tranquilo. Sólo hay que encontrar un bar en donde no haya televisión conectando con Brasil. Una terraza, una cervecita y a disfrutar del silencio.

Y ahora desconecto el modo banal.


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lunes, 7 de julio de 2014

Escapadita para degustar Barcelona

No hay como cambiar de aires para que la mente dé, por lo menos, un cuarto de vuelta sobre sí misma y alcance otra perspectiva, aunque sea en pequeño grado. Romper la rutina calma las compulsiones diarias y a veces nos hace mucha falta. No es que una escapada relámpago sea lo óptimo para rebajar los niveles de estrés, pero da un respiro (o un aliento) al pensamiento de piñón fijo, lo cual ya es bastante sano. Después de dos días de quiebro a lo cotidiano se puede volver cansado, con sueño y llorando como un niño que no quiere ir al colegio al día siguiente (el drama de todos los domingos, vaya), a pesar de lo cual ahí queda ese resquicio de sonrisilla placentera que te ha acompañado durante el desahogo. A estas alturas del año, además, es como un aperitivo de las vacaciones por venir.

Este fin de semana he practicado este ejercicio en cuestión con un paseo (rápido y superficial, reconozco) por las calles de Barcelona, aprovechando la circunstancia de un viaje de trabajo de mi paciente costalero. La brevedad no impide el disfrute cuando la disposición es la adecuada y hemos disfrutado, sin duda. Además de las típicas visitas y el callejeo habitual, nos guiaba la idea de relajarnos sin complicaciones, así que abundaron los escaparates y las terracitas tan apropiadas para refrescarse del calor. Un blanco fresquito junto al mercado de Santa Caterina, una clara bien fría frente al de San Antoni, un café frente al puerto… Atmósfera casi vacacional, así da gusto. Y el añadido de una concentración motera de Harley Davidson, dando más color al ambiente.

En líneas generales, una escapadita muy agradecida que nos ha cundido bastante y durante la cual hemos conocido dos restaurantes que nos han gustado mucho. A saber:

Abrassame 
Situado en la última planta del centro comercial y de ocio Arenas, antigua plaza de toros, tiene el turístico atractivo de las vistas. Cenar en la terraza mientras anochece es, cuando menos, vistoso, como lo es la decoración del restaurante. Se come bien, sin grandes alardes experimentales pero con buenos productos y una elaboración muy buena. Después de degustar una versión particular del fish and chips y unos fingers de pollo con guarnición de humus, todo a su convincente manera, nosotros nos quedamos con el postre que compartimos: una mousse de coco sobre carrot cake que estaba para pegar alaridos. Ah, un detalle de los que te dejan buen sabor de boca: el camarero fue simpatiquísimo.





Mine 
Encantador y delicioso resume la impresión final de este pequeño restaurante que estaba cerca del hotel, en Sants. Una carta basada en productos tradicionales y nuevas elaboraciones con un resultado que nos dejó con ganas de volver en cuanto podamos. Decoración con un aire ligeramente afrancesado, sin minimalismos ni estridencias, y de lo más confortable. Atenciones de primera sin sombra de obsequiosidad. Y los platos, de fábula. La tapa de croquetas de pollo tandoori está de miedo, para no perdérsela. Mi pareja pidió un atún estilo tataki (aunque más bien hecho, a él le gusta así) sobre patata panadera y le encantó. Yo probé el canelón crujiente de carne asada, una especie de rollito oriental con relleno clásico, que me dejó bizca. El postre compartido era un pastel de manzana, tipo strudel, con polvo de palomitas… sí, has leído bien, polvo de palomitas. Además de original, muy rico. Ah, y antes de empezar nos invitaron a un detalle de la casa: una copita de mousse de salmón. En conclusión: un lugar estupendo para una cena agradable que merece la pena visitar.





Creo que se nota cuál ha sido mi favorito, ¿verdad?


Os dejo los datos de ambos para que podáis llegar a vuestras propias conclusiones:

Restaurante ABRASSAME
Cúpula del centro comercial Arenas
Gran Vía de les Corts Catalanes, 375-385 (Barcelona)
Tfno.: 934 255 491 – Fax: 932 894 118


MINE, Restaurante y tapas
C/ Béjar, 66 (Barcelona)
Tfno.: 930 016 983



* Las fotos de los restaurantes están obtenidas de la red. Las de los platos del Mine (y ese fondo de camiseta "rollingstoniana"), obviamente, son mías. Dicen que la intención es lo que cuenta, ¿no?

jueves, 3 de julio de 2014

Tronar y restallar, dispersión matutina.

En días como hoy una se pregunta si los dioses han decidido desatar su ira para fastidiarnos por nuestro comportamiento, tal como dicen los libros sagrados que hacen. Truenos y relámpagos, lluvia y viento, un frío desusado para la época del año. A primera hora de la mañana, en pleno trayecto entre el portal y el autobús, el cielo entero se derramaba sobre la calle de la forma más despiadada. La previsión del paraguas no sirvió de mucho: una vez en el asiento, los dedos de los pies nadaban en los zapatos. Animada forma de comenzar la mañana, con una tormenta de verano con complejo de grandeza.
Una pequeña parte de mi alma perversa imagina un nuevo diluvio que arrasa, de forma selectiva, ciertas zonas especialmente molestas. Se supone que el agua, como el fuego, es elemento purificador. Pues nada, que el torrente arrastre todo lo que sobra… Ojalá fuera tan fácil. Pero en la calle la suciedad flota en los charcos, sin disolverse. Enfanga. Cuidado al pisar.

lunes, 30 de junio de 2014

Para terminar el lunes, un poquito de cielo.

"Heaven, I'm in heaven. And my heart beats so that I can't hardly speak..." 

Así empieza "Cheek to Cheek" uno de mis temas favoritos del compositor Irving Berling, que hoy traigo a este rincón. 

Aunque siempre estará asociado a Fred Astaire y Ginger Rogers en la película "Sombrero de copa" (Mark Sandrich, 1935), dejo la espléndida versión de Eva Cassidy en su grabación "Live at Blues Alley".



Si no puedes ver el vídeo, pincha aquí para verlo en YouTube

Buen resto de semana.

viernes, 27 de junio de 2014

Matones de colegio a los cuarenta años

Y digo cuarenta como podría decir treinta o cincuenta. Me refiero a esos tipos adultos a los cuales, en razón de su edad, se les supone cierto grado de madurez e inteligencia pero, a la postre, demuestran muy poca. A esos que van por el mundo con aires de perdonavidas, alardeando de su posición materialmente superior aunque demuestran una inferioridad moral  que les valdría un premio al más mezquino del año. Esos bárbaros con traje de chaqueta que confunden el respeto con el miedo a la hora de intentar imponerse. Esos mentecatos incapaces de reconocer sus carencias aunque metan el pie en ellas. Esos indeseables cuyos argumentos se reducen a la coacción y la fuerza bruta.

Tal vez aprendieron esas sucias estrategias en su infancia, educados en una ética egocéntrica dirigida al éxito a cualquier precio. Me atrevo a pensar, sin embargo, que muchos de ellos fueron niños que sufrieron a sus propios matones de colegio. Niños débiles, no tanto en lo físico como en lo emocional, que adoptaron al crecer el rol de quienes los sometieron y ahora buscan su satisfacción en poner a los demás bajo su zapato.

No sé si debería sentir lástima por ellos, pero lo cierto es que no siento ninguna. Bastante esfuerzo supone sufrirlos. Quizá la edad me ha vuelto intolerante pero cada vez me cuesta más verles la sonrisa hipócrita, escuchar su tono petulante y, sobre todo, aguantar el tipo. A veces tengo problemas con las bridas del autocontrol y, de morderme la lengua, puedo hacerme sangrar. Lo peor es la cara, que tiende a independizarse de cualquier pensamiento moderado que consiga adueñarse de mi mente. Por muy asumida que tenga la presencia de semejantes personajes, a veces los ojos me traicionan.


Por desgracia, ahí están, formando parte del paisaje cotidiano a nuestro pesar. Es como vivir al lado de un estercolero. Al fin y al cabo, son poco más que basura. 


lunes, 16 de junio de 2014

Los hijos de la inmigración: entre la integración y la crisis de identidad.

Este artículo se publicó en la revista Ábrete Libro el pasado mes de abril, 
dentro del número de primavera dedicado a la inmigración. 





Una de las razones que hicieron grande al Imperio Romano fue su capacidad para asimilar el sustrato cultural de los lugares por los que se expandía y hacerlo suyo. Aquí hay una creencia en un dios: la adoptamos. Ahí una costumbre ancestral: la absorbemos. Y crecemos. Anclarse en una roca no te deja moverte en ninguna dirección. Y si te mueves, te adaptas; hay que hacerlo para sobrevivir. Adaptarse no es perder raíces, ni olvidar el pasado, ni desprenderse de la esencia. Es vestir con nuevos ropajes el propio cuerpo, más flexible tras haberse acomodado al medio pero con el mismo corazón por dentro. Hace unos años, en un programa de televisión, realizaban una encuesta a extranjeros que residían en España y un joven chino, hijo de inmigrantes, se definió como “generación plátano: amarillo por fuera, blanco por dentro”. El comentario me resultó tan simpático como sugerente por su dualidad y reflejaba muy bien ese estar a caballo entre la cultura madre y la que te aloja, la memoria y la realidad.

Aunque sea necesaria, la adaptación no tiene por qué ser fácil y muchas veces no lo es, especialmente cuando la llegada a esa nueva vida tiene algo de forzada o porque se sabe temporal. ¿Para qué cambiar los hábitos si no es más que un hito pasajero, si volveremos a casa y a nuestras costumbres de siempre? Ese es uno de los problemas que se afronta en la inmigración. ¿Hasta qué punto se integran los inmigrantes en la sociedad que los acoge? En diferentes grados y según las circunstancias, supongo. Cabezotas aferrados a convicciones de plomo los hay en todas partes. ¿Y sus hijos? ¿Esa segunda generación que se ha criado en las enseñanzas de una tradición foránea mientras vive y convive con una sociedad de diferente pensamiento que, en muchas ocasiones, les resulta más libre y atractiva? Quizá ese caballo de la cultura los arrastre en dos direcciones incluso de forma dolorosa.

En otoño del año 2005, los suburbios de París se vieron envueltos en sucesivos disturbios protagonizados por los inmigrantes africanos (musulmanes norteafricanos en su mayor parte) que habitaban las barriadas. Originados por la muerte de dos adolescentes a quienes perseguía la policía y azuzados por las diferencias étnicas y religiosas (que alimentó el entonces Ministro del Interior Sarkozy, al calificar de “escoria” a los primeros manifestantes), los incidentes se extendieron a otras poblaciones francesas. La tensión palpitante entre las culturas de la inmigración y los problemas sociales que padecían eclosionaron con violencia.


Justo un año antes, en octubre del 2004, se había publicado una novela, que sorprendió en el panorama literario francés, firmada por una todavía adolescente escritora de origen argelino: “Mañana será otro día”. Faiza Guenè tenía entonces dieciocho años y narraba en primera persona, con la voz de una chica de quince años hija de inmigrantes marroquíes, una voz que no ahorraba en rudeza y acidez, la difícil vida en los suburbios parisinos. Los mismos que no tardarían en arder, figurada y literalmente, con la desesperación propia de quienes sienten que no tienen mucho que perder.

martes, 10 de junio de 2014

Primavera inestable

Suena un tanto redundante porque la primavera es inestabilidad, si no por definición al menos por una suerte de pensamiento consuetudinario. Cualquier anomalía sufrida o perpetrada en estas fechas la achacamos sin reparos a la primavera, cajón de sastre para los desastres, como si no tuviera ya bastante responsabilidad sobre los desmanes de nuestros cuerpos viles. Astenia, alergias y sarpullidos brotan a capricho para cambiar el ritmo de unas vidas que se habían acomodado a las rutinas del invierno. Uno ya no moquea por un vulgar catarro sino por una reacción a la exuberancia estacional. Espléndido. Los cambios son buenos. Debe de ser por eso que la primavera los propicia: la naturaleza bulle, los días se alargan, la gente se altera… Sí, quizá sea éste uno de los síntomas más llamativos de la “primaveritis aguda”, la alteración del ánimo. Y este año estamos sufriendo un caso de especial agudeza, se diría.

En lo particular, diríase que esta estación canalla está cebándose con nosotros. No lo he investigado (confieso mi falta de rigor, pero es lo que tienen las improvisaciones) pero no me extrañaría que los negocios farmacéuticos y parafarmacéuticos hubieran levantado sus cifras de venta gracias a los antihistamínicos, los inhaladores, las pomadas, los compuestos vitamínicos, etc. No sé vosotros pero a ésta que suscribe, por mucha agua que beba, la congestión y el picor de ojos no se le quitan tan fácilmente. Y el desánimo que acompaña el madrugón de cada mañana, tampoco. Claro que este último es lógico. Asistir día tras día a este circo que nos acompaña es para desanimarse. ¿O no?

Parece que en lo general también andamos de primavera exacerbada. Calentita y discutida, como poco. Se empezó con más suavidad de la que podría haberse dado, habiendo una campaña electoral de por medio. Sin embargo, resultó descafeinada. Hubo intentos de animarla pero se quedaron en eso, en intentos, absurdos como riñas de colegio. Que si tú eres tonto, que si tú más, que si tú me perdiste el balón y yo te voy a romper el patinete… y simplezas por el estilo. No cabía esperar otra cosa, siendo como son nuestros políticos expertos en el juego del “y tú más” y teniendo en cuenta el carácter secundario que, por lo visto, se le da a unos comicios europeos. Como si Europa fuera un ente ajeno a nosotros, situado en una galaxia muy, muy lejana, y no tuviera influencia en el devenir cotidiano. Se nos olvida que el Imperio tiene armas poderosas; Darth Merkel no deja de respirarnos en el cogote.

Entonces nos sucedieron las elecciones. Apareció el balón y le dio al dueño un golpe en la cabeza, el patinete derrapó cuesta abajo hasta estrellarse contra una pared. Uy, qué dolor. Y la banda del patio se alborotó toda. Los enemigos comunes crean extrañas alianzas, así que se volvieron todos contra ese niño nuevo que se atrevía a correr por su esquinita del recreo, jugando a su manera. Y salieron los matones a relucir. Qué mezquinos son los malos perdedores pero aún peor resultan los malos ganadores, sobre todo cuando la ganancia es pobre. Porque, no nos engañemos, al final es lo que buscan: un botín (con minúsculas, adviértase, aunque con mayúsculas también sirve) gratificante. Y que ese mequetrefe que apenas tiene media bofetada se haya hecho hueco en el rincón duele, duele mucho.

Así andábamos todavía, a vueltas con la primavera post-electoral y los picores de tanto sarpullido, cuando eclosionó un nuevo huevo de Proserpina. Nos levantamos un lunes con toda nuestra congestión y, antes de habernos limpiado las legañas, otro arrebato público: el rey abdica, viva el rey. Así, sin anestesia ni nada. La principesca crisálida (no, igual que no hay miembras no hay crisálidos) se convertirá en breve en una mariposa monarca y expandirá sus alas sobre su reino… Un momento, un momento. Este aleteo revoluciona el polen y provoca reacciones sumamente alérgicas que se extienden por los cuatro puntos cardinales. Los corazones republicanos dan rienda suelta a sus deseos que, aún hoy, parecen tener algo de utópico. Ah, pero sin utopía, ¿qué sería de nuestros sueños, de esa búsqueda de un mundo ideal? Probablemente nos estancaríamos. Así que soñamos, buscamos, luchamos con palabras —aunque a veces surgen cafres, pues los hay en todas partes, que dejan las palabras a un lado para perder la razón con la sinrazón de sus manos—. Y seguimos esperando.

Mientras tanto, en los mentideros se murmura sobre el repentino movimiento y los próximos acontecimientos. Que si el descalabro de unos ha propiciado la huida hacia delante de los otros, que si la preparación de uno y la imagen de la otra, que si gustan o si no. Todo el país convertido en un programa de cotilleo en el que los moderadores se mantienen entre bambalinas, controlando la coreografía. En los camerinos, se organiza el acto principal con la debida discreción. ¿Cuánto costará todo ese atrezzo? ¿Seremos capaces de vitorear tanto dispendio en medio de tanto ajuste discriminado?  Mi memoria caprichosa me trae, una y otra vez, la escena de la coronación de Buttercup en “La princesa prometida” y me pregunto si habrá, en esta ocasión, alguna lúcida bruja que se atreva a gritar «¡buh, buh!».

Quienes sí gritan, todavía, son los justamente indignados por los agravios que siguen cometiendo esos dirigentes de boca grande, mente pequeña y dedo tieso. Esos que pisotean derechos y promueven las desigualdades. Esos mentecatos que utilizan el insulto a modo de argumento. Esos hipócritas que acusan a destajo sin reconocer sus propios fallos. Esos pusilánimes incapaces de confesar sus culpas. Esos déspotas que pisotean al débil para acallarlo. Esos malnacidos que están jugando con el hambre de los niños… Porque aquí no hay excusa. Los niños son sagrados. Y esa caterva de hombres y mujeres que han perdido honor y honra han llegado al extremo de utilizarlos. No les bastaba con las corruptelas, los engaños y  la cobardía. Ni les bastará, mientras sigan siendo los reyes del mambo. Esto es más que una primavera loca.

Ahora se nos olvidará o, al menos, se desdibujará porque llega, en esta recta final, el desequilibrio que siempre agarra por las vísceras: el fútbol. Negocio y espectáculo antes que deporte, esta primavera ha enloquecido del todo y nos ha dado un final de temporada de los que califican de trepidante, de partido del siglo o incluso del milenio. Y, por si fuera poco, ahora “El Mundial”. Un mundial sacudido por otros sarpullidos que también intentan ser soslayados antes que solucionados. Pero somos favoritos, mujer, por lo menos los vigentes campeones.  ¿Quiénes, si no, van a ser nuestros héroes? ¿Los científicos, los filósofos u otra especie sin relevancia?  Después de todo, el fútbol es el nuevo dios. La voz potente tras la que se esconde el sacerdocio monetario, el que realmente gobierna todo. Poderoso caballero. Cuando él estornuda, nosotros moqueamos.

Entre tanto agente alérgeno, no encuentro antihistamínico que nos deje respirar. Esta congestión nos va a durar. Y me temo que voy a necesitar muchos pañuelos para sobrellevar esta puñetera primavera. 


lunes, 9 de junio de 2014

En los cajones de mi escritorio

¿Qué guardo? Papel, más que nada, papel y palabras. Libros, cuadernos y hojas sueltas; lecturas, escritos y anotaciones varias. Desde pequeña soy lectora entusiasta, incluso compulsiva, pero además me gusta -como decía Pessoa- palabrear:

«Me gusta decir. Diré mejor: me gusta palabrear. Las palabras son para mí cuerpos tocables, sirenas visibles, sensualidades incorporadas.»

Y palabreo, de una u otra forma, en cualquier momento, en cualquier lugar... Porque estoy hecha de palabras, que corren por mis venas, laten en mi corazón, aletean en mi alma. 

La manera de dar vida a las palabras es usarlas y compartirlas; si no, es como si languidecieran en los blancos ataúdes de las páginas que nadie lee. Por eso las comparto. 

Apuntes, fragmentos, esbozos; citas y notas de escritores y para escritores, sobre la escritura y para la escritura. Todo cabe aquí, en estos cajones que he empezado a abrir. 






lunes, 14 de abril de 2014

Apuntes sobre el miedo

El miedo es un tirano.
El miedo nos arrebata la libertad.
El miedo es un arma peligrosa contra nosotros mismos.
Si actuamos sometidos por el miedo, le damos al enemigo poder sobre nuestra dignidad.

lunes, 7 de abril de 2014

Delirante delicia: El Gran Hotel Budapest

No es recomendable tener puestas demasiadas expectativas en lo que está por venir porque, probablemente, nos defraude. Suena cínico (algo que soy) pero es así. Resulta, sin embargo, demasiado fácil caer en ello. Por ejemplo: cuando uno se dispone a zambullirse en una película que viene precedida de buenos comentarios, esperando alguna clase de maravilla, pero solo recibe un mero pasarratos. Ese era mi miedo ante “El Gran Hotel Budapest”. Por eso me senté en la butaca del cine con un atisbo de inquietud mariposeándome el estómago. Inquietud que, en la primera escena, desapareció fulminantemente.

Esa escena inicial me despertó ya la sonrisa, no humorística sino de placer. Había algo de poético en esa figura femenina, casi atemporal, que entra en el cementerio y se sienta a leer.  Con ese gesto, se abre el primer telón y digo primero porque, después, se van abriendo otros. Igual que en una colección de matrioshkas, van saliendo historias dentro de las historias hasta llegar a la trama principal. Era como ver crecer un árbol que fuera ramificándose, hacia allí y hacia allá, y luego floreciendo en una especie de explosión colorista. Porque, si algo hay en la película, es color: un colorido particular que impregna cada escena de personalidad.

En medio de una escenografía que a veces parece mágica, la brillante dirección artística regala un placer visual tras otro y crea una atmósfera que oscila entre lo gótico y lo onírico. Además, una gozada el vestuario, creación de Milena Canonero, ganadora de tres Oscar por sus diseños para el cine.

¿Lo mejor? Probablemente el elenco de actores, tan exactos en sus papeles todos ellos y además desconcertantes, algunos, en sus prodigiosas caracterizaciones. Tilda Swinton, sin ir más lejos; ojiplática quedé al darme cuenta de que era ella quien había bajo la piel de aquella anciana de aire patético y trasnochado. Harvey Keitel convertido en un presidiario calvo, tatuado y de lo más divertido. Willem Dafoe en el papel de un psicópata asesino, tan creíble que escalofriaba. Un siniestro Adrien Brody que apenas necesitaba hablar; con la mirada parecía decirlo todo…

Me alegra sobremanera haberla visto en versión original: el timbre, las inflexiones y las tonalidades de las voces de los actores son únicos. Ahora no disfrutaré igual de Ralph Fiennes cuando le escuche doblado (aun considerando que el doblaje en España tiene buen nivel). Descubrir su vis cómica ha sido todo un hallazgo que quisiera repetir si es de forma tan elegante como esta. Y, junto a él, llevando a medias el peso de la película, la joven revelación Toni Revolori, cuya expresividad es digna de las comedias de cine mudo.

Al cine mudo parece remitir en varias ocasiones la película, precisamente, por el delirante absurdo de su humor que me hizo recordar a Buster Keaton o Harold Lloyd. O esa estética tan kitsch, ese toque estrafalario que pinta cada escena con matices surrealistas. Porque la película está llena de referentes, guiños y homenajes al cine y la literatura. Algún día volveré a verla para desgranarlos con mayor cuidado, una vez asentado el entusiasmo de la novedad (y sé que la volveré a disfrutar).

Otra pequeña exquisitez: los títulos de crédito finales y su enérgico acompañamiento musical de balalaika. No hay que perdérselos.

¿Lo peor? Quizá, la solidez argumental que falla en algún momento. Según dicen los créditos, el guión está inspirado en escritos de Stefan Zweig; tal vez esa amplitud inspiradora le da esos toques deslavazados. El hilo de la intriga se sostiene con relativa consistencia, pero lo suple con la agilidad del ritmo, con la soltura en las transiciones y ese humor cínico, incluso negro, que lo sobrevuela todo y gana el corazón.

En conclusión: la película brilla con personalidad propia.

Ficha de la película:

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